Víctor Manuel Moncayo C

La actualidad crítica del "Fragmento sobre las máquinas"

Desde hace un buen tiempo, para resignificar a Marx como acontecimiento anticapitalista, las orientaciones de actualización de la crítica marxista que hemos avanzado en las partes previas de este ensayo, han vuelto sus ojos a los desarrollos de los Grundrisse en el "Fragmento sobre las máquinas" para encontrar allí claves que sirvan al entendimiento de la fase contemporánea por la cual atraviesa el capitalismo.

Sin duda se hallan allí planteamientos muy significativos, en la misma dirección de anteponer a la teoría del valor-trabajo la relación de explotación capitalista, más allá de las preocupaciones y elucubraciones derivadas de una cuantificación imposible.

En efecto, es en ese famoso capítulo donde está expuesto el paso de la subsunción formal a la subsunción real. Al inicio, el proceso de trabajo es simplemente tomado por el capital en el estado en que se encuentra (subsunción formal), que permite distinguir el material de trabajo (también llamado materia prima), el medio de trabajo (conocido como instrumento) y el trabajo vivo. En este esquema es fácil presentar los dos primeros como valores constantes (capital fijo y circulante) y el último como creador de valor (capital variable), de tal manera que la explicación cuantitativista de la explotación (plusvalor) deviene obvia, dejando de lado la circunstancia de que haya perdido las condiciones objetivas (medios de producción) y subjetivas (medios de subsistencia), opuestas a él por quien las monopoliza y adquiere su fuerza laboral. En este estadio el trabajador anima con su arte y su propia habilidad el instrumento que, por lo tanto, depende de su virtuosismo.

Es en este momento histórico de la subsunción formal, en el cual aparece ya como una evidencia que quien maneja el instrumento agrega un valor en desarrollo del proceso productivo, dando lugar a la concepción de que es su trabajo el que materializa esa adición.

Pero, ocurrido el proceso histórico del maquinismo o del sistema automático de las máquinas, que deja atrás el instrumento del trabajador individual, la actividad productiva se manifiesta más bien como una expresión única de la máquina, que se convierte en adelante en la unidad virtuosa que posee, en ese momento, la habilidad y la fuerza que antes eran del obrero. Y es así como la actividad del trabajador queda reducida a una pura abstracción, determinada por el movimiento del conjunto de máquinas, gracias a que la ciencia ha convertido los elementos inanes de las máquinas en autómatas útiles. "Esta ciencia ya no existe más en el cerebro de los trabajadores: a través de las máquinas obra más bien sobre ellos como una fuerza extraña, como la potencia misma de la máquina"[1].

Se inicia de esta manera el llamado proceso de sumisión real del trabajo al capital, que continuará de manera progresiva en las sucesivas fases del capitalismo. Ocurrido este proceso de subsunción real queda atrás la idea simplista que se derivaba de la subsunción formal, conforme a la cual la adición cualitativa a la producción proviene del trabajo aportado, y se identifica cómo ya no es necesario el trabajo, desmoronándose la idea cuantitativista de la explotación como apropiación de un excedente. De allí se derivan numerosas proposiciones teóricas como las que se enuncian en numerosos textos de los Grundrisse, conforme a las cuales el proceso de producción cesa de ser un proceso en el cual la unidad dominante es el trabajo; la ciencia se manifiesta en las máquinas y el proceso de producción se convierte por ello en una aplicación tecnológica de la ciencia; el trabajo inmediato y su cantidad dejan de ser el elemento determinante de la producción; la producción de valor se desprende del trabajo inmediato y, en fin, el sobre-trabajo deja de ser el fundamento de la riqueza y de la explotación[2].

En otras palabras, lo que se explica es como toda esa construcción del trabajo social humano materializada en las máquinas es apropiada por el capital, y es fuente de riqueza y razón de ser de la explotación. La ciencia y la tecnología no son realidades sin explicación, ni mucho menos ajenas al trabajo social humano. Aparecen como fuerza productiva inmediata, pero tras ellas está la fuerza productiva del colectivo social humano, apropiada por el capital sin nada a cambio.

Sin embargo, de manera paradójica la reflexión crítica siguió atada al entendimiento de que el régimen de sometimiento salarial explicaba la explotación. A ello contribuyó, sin duda, la transformación de los operarios en obreros profesionales, que a pesar de ser apéndices de las máquinas exigían determinada calificación, conocían el ciclo laboral y su ingreso alimentaba la demanda efectiva correlativa a la producción de masa. Y lo mismo puede decirse con la transformación asociada al taylorismo, al fordismo y al papel del estado keynesiano, que permitió la incorporación al mismo sistema salarial de grandes masas de trabajadores descalificados (el denominado "obrero masa")[3].

De alguna manera, si bien ya era claro que la generación de riqueza no era resultado del trabajo inmediato, como ya lo había visto Marx en la primera fase del maquinismo, los procesos laborales y productivos continuaron asignando un papel central a ese trabajo inmediato bajo el esquema salarial directo (empresa) e indirecto (Estado), y permitieron que se continuara divagando alrededor de la teoría del valor-trabajo con desarrollos que ayudan más a ocultar la realidad que a develarla, como los que se expresan tras las distinciones entre trabajo productivo/trabajo improductivo, trabajo simple/trabajo complejo y trabajo concreto /trabajo socialmente necesario, bajo las cuales se busca a toda costa insistir en la vigencia de la teoría del valor-trabajo. No se ha tenido la audacia de afirmar que la explotación no es un producto de la cuantificación, sino que desde siempre –y más aún en estas fases contemporáneas– "la explotación es por el contrario el signo político de la dominación sobre y contra la valorización humana del mundo histórico-natural, es mando sobre y contra la cooperación social productiva"[4].

El desafío de la redefinición del trabajo y de la producción

Pues bien, en la actualidad nos enfrentamos a la necesidad de descifrar el cambio esencial en la forma hoy predominante del trabajo. Durante mucho tiempo estimamos el trabajo como una actividad productiva de bienes materiales, mientras que hoy el trabajo se despliega en todas las actividades sociales, con independencia del tiempo y el espacio en que se realicen. En otros momentos de la reflexión teórica sobre la organización capitalista, se han analizado los modos de acumulación-explotación a partir de la medida del trabajo, o sea, según el tiempo empleado o gastado en la producción, tal y como lo formulaba la clásica ley del valor trabajo. Pero ahora el panorama se ha revelado diferente: como el trabajo tendencialmente dominante escapa a toda localización e invade todo el tiempo, ya no hay lugar para la falaz apelación a una forma de medición de la explotación; es un trabajo que excede toda medida, pues no está ligado a un determinado tiempo de actividad productiva, sino a todo el tiempo de la vida, en sus distintas formas y momentos.

Lo dicho no quiere significar que haya desaparecido la importancia del trabajo en general, que el trabajo haya perdido su centralidad, sino que ahora lo esencial no es el gasto de fuerza de trabajo humana, sino la "fuerza-invención", el saber vivo que no se puede reducir a las máquinas, y la opinión compartida en común por el mayor número de seres humanos. Ese trabajo se traduce en realidades no tangibles, inmateriales, que son los aspectos determinantes del valor de cambio. Por ello, aun cuando continúa la utilización del trabajo material asalariado o semiindependiente, lo central es la incorporación de una masa de actividad creciente de la población que suministra recursos gratuitos o remunerados casi en forma ilimitada. Lo que se busca es la "inteligencia colectiva", "la creatividad difusa" en el conjunto de la población[5].

Y, sin duda alguna, esas transformaciones contemporáneas del capitalismo han provocado la caducidad de la nítida distinción entre tiempo de trabajo y no trabajo de las fases anteriores, y la producción se ha vuelto biopolítica.

Obviamente, ese cambio producido en la significación del trabajo exige considerar como parte de la realidad contemporánea del capitalismo dos tipos de trabajo igualmente vivientes y existentes: el trabajo que supone un gasto energético-muscular, que sigue siendo sometido por el régimen salarial, y el trabajo que no es propiamente objeto de consumo, que funciona como verdadero capital viviente y que contribuye al proceso productivo en las redes de cooperación sin importar el lugar y el tiempo, bajo formas de sumisión no salarial. Este último es el signo de una nueva forma de explotación que ya no es la misma del capitalismo industrial, que conceptualmente remite en nuestra contemporaneidad a la crítica anticapitalista que en su tiempo significó la obra de Marx. Estamos, por lo tanto, frente al reto de cómo comprender y explicar el surgimiento de una nueva forma de explotación que no es la misma del capitalismo industrial.

Será necesario encarar que, en esta nueva fase del capitalismo, la apropiación del valor no se ejerce ya a través de la explotación directa del trabajo, sino más bien mediante nuevos mecanismos de apropiación que se caracterizan por la extracción del común como constitución de la producción social total, pues como "cada vida se ha vuelto productiva, la extracción del valor se produce sobre la globalidad biopolítica, es decir no sólo en los espacios y tiempos dedicados expresamente al trabajo"[6]. Se trata de interrogar la explotación con categorías diferentes a las empleadas durante las fases procedentes del capitalismo, pues las formas extractivas de hoy son de alguna manera muy diferentes a la relación de explotación propia de la fábrica mediante contrato salarial.

Se impone apreciar como ante la tendencia de decadencia de la forma salarial del trabajo material inmediato, la forma de la dominación o explotación tiene que asumir una forma abiertamente represiva. Todas las reglas que permitían la organización del dominio sobre la gestión de la fuerza laboral en la fábrica, con base en su disciplina interna, han caducado y son precisas otras formas más amplias y directas de control social. Por eso se afirma que a la producción ahora biopolítica corresponde un biopoder, es decir, un poder ostensible sobre todas las formas de vida. En otras palabras, la ausencia del instrumento de medida que representaba bien la teoría del valor, la subsunción real de nuestro tiempo, ha conducido a modalidades cada vez más novedosas de control que alcanzan límites insospechables. De allí surgen nuevas figuras de subjetividad que se encarnan en el hombre endeudado, es decir, sometido a los patrones propios del sistema financiero; en el hombre mediatizado por las redes de información y comunicación; en el hombre "seguritizado", prisionero del miedo y de las ansias de protección, que reclama y acepta el régimen de seguridad y el estado de excepción, y en el hombre representado forjado por la deformación democrática. Todo ello implica un gran reto que no lo podemos resolver con la apelación a cualquiera de los marxismos, sino esforzándonos en recuperar la obra de Marx como acontecimiento anticapitalista[7].

[1] Carlos Marx. Fondements de la Critique de l'Economie Politique (Grundrisse). T. II. P. 212. Traducción del autor de este escrito.

[2] Carlos Marx, ibídem T. II, pp. 212, 213, 214, 221, 222 y 223.

[3] Ver sobre el particular Toni Negri (1980). Del obrero-masa al obrero social. Barcelona: Editorial Anagrama, y Ocho tesis para una teoría del poder constituyente. Revista de Crítica y Debate "Contrarios", Madrid, abril 1989.

[4] Toni Negri. Ocho tesis para una teoría del poder constituyente. Op. cit.

[5] Ver Yann Moulier Boutang (2007). Le capitalisme cognitif. La Nouvelle Grande Transformation. Paris: Editions Amsterdam.

[6] Toni Negri. Lo común como modo de producción. Revista Trasversales, (38), agosto 2016. Web, pp. 6 y 7.

[7] Michael Hardt y Antonio Negri (2012). Declaración. Madrid: Ed. Akal. Mayores desarrollos a este respecto en nuestro reciente ensayo Éxodo. Ediciones Aurora. Bogotá, 2018.

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Explotación y teoría del valor trabajo

Aun cuando pueda parecer impertinente para los fines de la exposición, una comprensión de la nueva realidad capitalista exige tener presente la manera como, de manera generalizada y habitual, se ha explicado la explotación capitalista a partir de la teoría del valor trabajo, para mostrar como su indebido entendimiento, muy unido a cierta lectura de la obra marxista, todavía se pretende extender al capitalismo contemporáneo obstaculizando su conocimiento. Por ello hemos acudimos, con los riesgos que supone la tentativa de contrariar la ortodoxia, a plantear cómo es equivocada toda lectura cuantitativista de la explotación, como lo evidencia con mucha fuerza hoy el nuevo sistema de acumulación y de valorización.

Una lectura economicista de la obra de Marx, admitida por todos los marxismos, aunque con densas y agudas discusiones sobre su alcance, y autorizada en buena medida por una lectura no trascendente de El Capital, hace de Marx un continuador y un enriquecedor de la teoría del valor de los clásicos, hace de él un punto culminante de ella. En efecto, se consideran los desarrollos marxistas como cualquier exposición de un representante de la ciencia económica y se destacan siempre, de manera esencial, aspectos tales como la distinción entre valor de uso y valor de cambio; la estimación del valor de cambio como una relación cuantitativa (proporción bajo la cual valores de uso de distinta especie se intercambian unos respecto de otros); la necesidad para esa relación de remitir todas las mercancías al trabajo humano como sustancia; la medida de la cantidad de trabajo por la duración del tiempo, y la exigencia de tener en cuenta no el trabajo humano en efecto gastado, sino el trabajo igual e indistinto de la sociedad entera, o sea el trabajo socialmente necesario.

En otras palabras, lo que aparece es la teoría del trabajo abstracto, como sustancia común presente en toda mercancía, que remite a una fuerza de trabajo social global. Aspecto cualitativo que, a su turno, hace posible la visión cuantitativa de la medida del valor, en cuanto en cada bien o mercancía en particular es posible encontrar su vínculo o relación con el trabajo socialmente necesario y expresarlo en unidades de "trabajo simples". Esa fuerza de trabajo social global está o debe estar, por lo tanto, distribuida de manera equilibrada entre los diferentes sectores y unidades de la producción, dando lugar a una cierta racionalidad del conjunto del mercado en el marco de la competencia. Claro está que todo ello encierra la problemática del valor mismo de la fuerza de trabajo, que se estima como la cuna del antagonismo, pues es allí donde se encuentra la clásica separación entre el trabajo necesario (salario o valor reconocido socialmente para la reproducción) y el trabajo excedente (valor no reconocido o plusvalor).

Se olvida así que, más allá de ese encadenamiento conceptual, lo central es la perspectiva crítica de esa categoría básica de la economía política clásica: el valor-trabajo. En efecto, esa visión oculta u olvida que para Marx el valor de cambio no es algo intrínseco o inmanente a la mercancía (que sería, según su misma expresión, "una contradictio in adjecto"), sino algo arbitrario y relativo. Ese valor de cambio se produce gracias a la abstracción del valor de uso de las mercancías en todos y cada uno de los actos de intercambio; el valor de cambio es el que permite esa abstracción; la reducción de todas las mercancías al trabajo humano sólo es posible gracias a la desaparición (por abstracción) del valor de uso. De allí que en El Capital se haya dicho que "el secreto de la expresión del valor, la igualdad y equiparación de valor de todos los trabajos, en cuanto son y por el hecho de ser todos ellos trabajo humano en general, sólo podía ser descubierto a partir del momento en que la idea de la igualdad humana poseyese ya la firmeza de un prejuicio popular"[1].

Hay, pues, allí un claro reconocimiento de que la categoría valor de cambio, construida por la economía política sobre la base de la teoría del valor-trabajo, es una de las abstracciones reales constitutivas de la relación capitalista de dominación. Esto significa, sin duda, que no es que Marx acepte que las mercancías se intercambian por ser depositarias de trabajo humano, como referente común de ellas, sino todo lo contrario: que la realidad social del intercambio hace que las mercancías se reputen equivalentes con relación a un arbitrario que es el trabajo socialmente necesario.

Para Marx, por consiguiente, el valor-trabajo no es una realidad anterior al intercambio, no crea la igualdad, sino que se aplica post-festum. Las mercancías no se intercambian por que sean iguales, sino que son iguales porque se intercambian. El valor antes del intercambio "no tiene contenido conceptual propio, ni sustancia lógica definible"[2]: es el intercambio el que permite introducir el valor-trabajo como referente. Así lo indica, por lo demás, el propio Marx de manera enfática en este texto:

Por tanto, los hombres no relacionan entre sí los productos del trabajo como valores porque estos objetos les parezcan envolturas simplemente materiales de un trabajo humano igual. Es al revés. Al equiparar unos con otros en el cambio, como valores, sus diversos productos, lo que hacen es equiparar entre sí sus diversos trabajos como modalidades de trabajo humano. No lo saben pero lo hacen. Por tanto, el valor no lleva inscrito en la frente lo que es. Lejos de ello, convierte a todos los productos del trabajo en jeroglíficos sociales. Luego, vienen los hombres y se esfuerzan por descifrar el sentido de esos jeroglíficos, por descubrir el secreto de su propio producto social, pues es evidente que el concebir los objetos útiles como valores es obra social suya, ni más ni menos que el lenguaje[3].

En esa forma-valor, en la igualación a que da lugar y en su expresión cuantitativa como valor de cambio, hay una doble abstracción: abstracción del valor útil de los bienes y abstracción de los trabajos concretos y determinados que los han producido, o sea, consideración del trabajo abstracto. Esa doble abstracción no es producto del pensamiento; es real, es social, es resultado de las acciones de los hombres, quienes en forma material la hacen, la construyen, así no lo sepan. En ese mismo sentido se expresa Marx en la Contribución a la Crítica:

Para medir los valores de cambio de las mercancías por el tiempo de trabajo que contienen, es necesario que los diferentes trabajos se reduzcan a un trabajo indiferenciado, homogéneo, simple, en una palabra, a un trabajo de calidad idéntica que no se distingue entonces sino por su cantidad.

Esta reducción aparece como una abstracción. Es, sin embargo, una abstracción que se realiza diariamente en el proceso social de la producción. La resolución de todas las mercancías en tiempo de trabajo no es una abstracción mayor, ni menos real, además, que la conversión de todos los cuerpos orgánicos en el aire [4].

Ubicamos así la forma-valor como una abstracción real, que se fundamenta en la consideración del trabajo abstracto, lo que implica que nada tiene que ver con el trabajo concreto, con el trabajo en efecto gastado en la producción de los bienes, y que se opone también al valor de uso. La forma-valor nada tiene que ver con las cosas que son intercambiadas, sino con las relaciones sociales que están constituidas por esas abstracciones reales, que remiten como elemento común al trabajo abstracto.

Pero allí no termina la crítica marxista. Si volvemos los ojos a los desarrollos del texto conocido como los Grundrisse [5], calificado de manera acertada como un "hueso duro de roer"[6], encontramos allí no sólo el develamiento de la forma-valor como forma social de la dominación, sino que tras ella está el antagonismo entre trabajo y capital, la plusvalía, la explotación capitalista.

En efecto, a diferencia del orden de exposición de El Capital, donde se avanza primero la teoría del valor-trabajo y sólo después aparece su carácter de forma social en la mercancía fetiche, en los Grundrisse la explicación es inversa. Como bien lo ha explicado Negri[7], Marx toma como pretexto el libro publicado por Alfred Darimon, discípulo de Proudhom (La reforma de los bancos - 1856), para mostrar de manera directa e inmediata la forma social dinero y plantear después el valor. Procede así para mostrar que no se trata sólo de enfrentar una teoría, una conceptualización (teoría del valor), sino una abstracción real, en la cual todos estamos sumergidos: la abstracción del dinero.

Antes que cualquier teoría, el dinero nos muestra en acción el valor, pues el dinero no es otra cosa que el mundo del intercambio organizado para la explotación. El dinero aparece como la forma del valor y como tal es directamente la explotación, sin tener que recurrir a las mediaciones de la mercancía y a sus dos caras: valor de uso y valor de cambio. En contraste con la mercancía (que nos remite a la realidad individual del producto), el dinero no me aísla del conjunto social del capital, me conecta con la totalidad de las relaciones sociales, sin las cuales es inexplicable el fenómeno monetario.

Pues bien, la forma monetaria recubre con su manto de equivalencia la explotación, en la medida que impone reglas de igualdad a las relaciones sociales desiguales. Dado este carácter, ninguna reforma operada en el sistema monetario puede cambiar las relaciones de explotación, sino que, por el contrario, contribuyen a su mayor y mejor vigencia. En esta dirección se mueve la siguiente explicación de Negri:

El reformismo del 'verdadero socialismo' en el momento mismo en que quiere perfeccionar ⸺más allá de los avatares y las secuencias de la crisis⸺ el mecanismo de la circulación y de la equivalencia, suprime los reflejos concretos que la oposición de los contenidos da a la forma que los recubre. El capital busca ese desarrollo del reformismo que le ofrece salidas para afrontar la crítica proveniente del lado obrero, el capital se reestructura a sí mismo con relación a la necesidad que tiene de desplazar más allá las fronteras de la contradicción que la forma de la circulación construye debido al antagonismo de la relación fundamental de producción.

Negri agrega:

Desmitificar "el verdadero socialismo" significa, entonces, mostrar la confluencia del reformismo y del interés del capital en el desarrollo. Esto significa insistir sobre el carácter central de la forma en la función de la explotación. Es conducir el análisis hasta el punto en el cual la revolución aparece como liberación del contenido de la explotación, en la medida en que es liberación plena de la forma de circulación del valor, en pocas palabras del valor que no es otra cosa sino la forma de cálculo de la explotación. Pero esto no basta. Cuando forma y contenido del valor están de tal manera ligados en la explotación, cuando toda reforma es una profundización del contenido de la explotación, el antagonismo alcanza un estadio en el cual cobija a la totalidad: no hay revolución sin destrucción de la sociedad burguesa y del trabajo asalariado, en cuanto son producción de valor y de dinero entendidos como instrumentos de la circulación y de la dominación. Todo progreso en la socialización de la forma de la circulación acentúa la explotación y es, entonces, este mismo ligamen, su mismo desarrollo, los que deben ser destruidos y con ellos todas las formas ideológicas e institucionales que los representan y les dan su dinamismo, y mucho más si son socialistas[8].

Esta tesis encuentra pleno respaldo en este ataque frontal de Marx al corazón del reformismo cuando se plantea este interrogante: "¿Es posible cambiar las relaciones de producción y de distribución mediante la transformación del instrumento y de la organización de la circulación?" Y responde, refiriéndose a los cambios que pueden operarse en cuanto a las modalidades monetarias o salariales:

Mientras siga siendo forma dinero y en la medida en que el dinero continúe siendo una relación esencial de la producción, ninguna de esas modalidades puede abolir las contradicciones inherentes a la relación monetaria misma: sólo puede reproducirlas, bajo una u otra forma. Ninguna de las formas del trabajo asalariado, aunque una determinada forma pueda solucionar los inconvenientes de otra, puede eliminar los males del trabajo asalariado[9].

En otras palabras, el referente del valor-trabajo, incluso con la salvedad de que se trata del trabajo socialmente necesario, tiene que pasar de manera obligada por las reglas de equivalencia impuestas por el dinero. Así queda evidenciado que ese referente es una forma de dominación, pues el valor-trabajo queda reducido a las reglas del dinero: el trabajo socialmente necesario no puede medirse en forma distinta a la impuesta por el sistema monetario. El valor es el dinero. El valor no es ya la sustancia sólida, definida, cuantificable, sino apenas un horizonte de referencia, sometido siempre a la permanente oscilación y precariedad del sistema monetario que es, en últimas, el que define los términos de la equivalencia según los vaivenes del antagonismo social.

Es en este contexto en el cual hay que apreciar la dinámica particular del funcionamiento de la explotación. En medio del mundo equivalente del intercambio, presidido por el dinero, hay un proceso de valorización, de generación de valor, que asume también características cuantitativas. Una vez más hay que decir que no es la teoría del valor-trabajo la que explica la valorización, pues el trabajo no tiene por sí solo la virtud de multiplicar el capital. Para que esto ocurra el trabajo tiene que haber sido sometido históricamente a las condiciones de intercambio, debe haber sido medido en términos sociales por el dinero. Esto no significa nada distinto que la exigencia social del antagonismo trabajo-capital, en términos de enfrentamiento como sujetos distintos en el mercado. Es en este sentido que Marx plantea en el Capítulo Inédito[10]: "...la compraventa de la capacidad de trabajo es un proceso separado e independiente del proceso inmediato de producción", pero que, sin embargo, constituye "el fundamento absoluto del proceso capitalista de producción".

El trabajo asalariado es, pues, para la producción capitalista una forma socialmente necesaria del trabajo, así como el capital, el valor elevado a una potencia, es una forma social necesaria para la formación del capital y se mantiene como premisa necesaria y permanente de la producción capitalista.

He ahí como en esa transacción vive en forma permanente la oposición: el trabajo es el valor de uso del obrero que se ofrece al capital, que no puede existir fuera del obrero mismo, pero que el capital reduce a valor de cambio. Así convertido en trabajo asalariado, en mercancía, es un valor de cambio, pero es trabajo subjetivo y no objetivado sino por objetivar. Esa mercantilización, de otra parte, exige una medida: el trabajo necesario para su reproducción dentro de ciertos límites cuantitativos y cualitativos fijados por el propio capital. Y de esta manera es posible que el obrero se afirme como "no-capital", como "no-trabajo" para el capital, para utilizar las mismas expresiones de Negri.

Queda así delineado el antagonismo: la subjetividad obrera que tiende a expandir la esfera del trabajo necesario y el capital que busca reducirla a un valor de cambio. Aquí nada es explicado por la teoría del valor-trabajo, pues el trabajo por sí solo no valoriza al capital: es preciso que esté sometido, dominado, reducido al régimen salarial o a otras formas. Sin esta dominación la cuantificación como valor de cambio es imposible. Dicho de otra manera: no es la cuantificación del trabajo necesario y de la plusvalía o trabajo excedente lo que explica la relación de explotación, sino todo lo contrario: es la relación de explotación lo que permite la cuantificación. La dominación como tal no es cuantificable. Es gracias a que existe dominación que el dinero puede medir el valor de uso del trabajo, puede imponer el trabajo asalariado, es decir los términos cuantitativos del intercambio.

[1] Carlos Marx (1975). El Capital. México: FCE. Libro 1º. Sección 1ª, p. 26.

[2] Sohn Rethel (1980). Trabajo manual, trabajo intelectual. Bogotá: Editorial El Viejo Topo, p. 53.

[3] Carlos Marx. El Capital. Libro 1º. Sección 1ª.

[4] Carlos Marx (1971). Contribución a la Crítica de la Economía Política. Bogotá: Editorial La Oveja Negra, pp.17-18

[5] Expresión utilizada por Marx en carta a Engels de diciembre 18 de 1857.

[6] La expresión es de Roman Rosdolsky (1978). Génesis y estructura de El Capital de Marx (estudios sobre los Grundrisse). México: Siglo XXI editores.

[7] Antonio Negri. Marx au-delà de Marx. París: Christian Bourgois Editeur, 1979.

[8] Toni Negri (1979). Marx au-delá de Marx. París: Christian Bourgois Editeur, pp. 59-60. (Traducción del autor de este escrito)

[9] Carlos Marx (1968). Fondements de la Critique de l'Economie Politique (Grundrisse). París: Editions Anthropos, T I, pp. 55-56. (Traducción del autor de este escrito)

[10] Carlos Marx (1970). Capítulo Inédito. Bogotá: Editorial Combate, p.51.

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El 24 de septiembre del año en curso las comisiones económicas conjuntas de Senado y Cámara en el Congreso de la República (CR) aprobaron en primer debate la ponencia del Presupuesto General de la Nación (PGN) 2019 que, como se había anunciado en el proyecto previo presentado por el Gobierno Nacional (GN), asciende a 258,99 billones, aproximadamente 24,5% del PIB proyectado para 2019, según las cifras del Ministerio de Hacienda y Crédito Público (MinHacienda).

Asistimos a un momento muy difícil de la historia nacional, en esta época que hemos bautizado como la del posacuerdo. Han trascurrido varios años desde el inicio de las negociaciones de paz entre el Gobierno Nacional y la más importante organización subversiva alzada en armas. Han sido muchas las incidencias y circunstancias que se han encontrado y que se han debido sortear en ese camino, siempre proceloso, en búsqueda de una alternativa de terminación de la expresión armada del conflicto.

Estamos en una coyuntura difícil. Lo habitual es mostrar que se alzan obstáculos que nos preocupan y abruman, pero tenemos que superar esa visión y mostrar cuáles son los desafíos del momento presente. en esa direción están escritas estas lineas, seguramente muy preliminares, determinadas quizás por la circunstancia que estamos atravesando.