Marx: Acontecimiento anticapitalista. El sometimiento real de la fuerza de trabajo al capital sin la necesidad del trabajo asalariado (Tercera parte)

La actualidad crítica del "Fragmento sobre las máquinas"

Desde hace un buen tiempo, para resignificar a Marx como acontecimiento anticapitalista, las orientaciones de actualización de la crítica marxista que hemos avanzado en las partes previas de este ensayo, han vuelto sus ojos a los desarrollos de los Grundrisse en el "Fragmento sobre las máquinas" para encontrar allí claves que sirvan al entendimiento de la fase contemporánea por la cual atraviesa el capitalismo.

Sin duda se hallan allí planteamientos muy significativos, en la misma dirección de anteponer a la teoría del valor-trabajo la relación de explotación capitalista, más allá de las preocupaciones y elucubraciones derivadas de una cuantificación imposible.

En efecto, es en ese famoso capítulo donde está expuesto el paso de la subsunción formal a la subsunción real. Al inicio, el proceso de trabajo es simplemente tomado por el capital en el estado en que se encuentra (subsunción formal), que permite distinguir el material de trabajo (también llamado materia prima), el medio de trabajo (conocido como instrumento) y el trabajo vivo. En este esquema es fácil presentar los dos primeros como valores constantes (capital fijo y circulante) y el último como creador de valor (capital variable), de tal manera que la explicación cuantitativista de la explotación (plusvalor) deviene obvia, dejando de lado la circunstancia de que haya perdido las condiciones objetivas (medios de producción) y subjetivas (medios de subsistencia), opuestas a él por quien las monopoliza y adquiere su fuerza laboral. En este estadio el trabajador anima con su arte y su propia habilidad el instrumento que, por lo tanto, depende de su virtuosismo.

Es en este momento histórico de la subsunción formal, en el cual aparece ya como una evidencia que quien maneja el instrumento agrega un valor en desarrollo del proceso productivo, dando lugar a la concepción de que es su trabajo el que materializa esa adición.

Pero, ocurrido el proceso histórico del maquinismo o del sistema automático de las máquinas, que deja atrás el instrumento del trabajador individual, la actividad productiva se manifiesta más bien como una expresión única de la máquina, que se convierte en adelante en la unidad virtuosa que posee, en ese momento, la habilidad y la fuerza que antes eran del obrero. Y es así como la actividad del trabajador queda reducida a una pura abstracción, determinada por el movimiento del conjunto de máquinas, gracias a que la ciencia ha convertido los elementos inanes de las máquinas en autómatas útiles. "Esta ciencia ya no existe más en el cerebro de los trabajadores: a través de las máquinas obra más bien sobre ellos como una fuerza extraña, como la potencia misma de la máquina"[1].

Se inicia de esta manera el llamado proceso de sumisión real del trabajo al capital, que continuará de manera progresiva en las sucesivas fases del capitalismo. Ocurrido este proceso de subsunción real queda atrás la idea simplista que se derivaba de la subsunción formal, conforme a la cual la adición cualitativa a la producción proviene del trabajo aportado, y se identifica cómo ya no es necesario el trabajo, desmoronándose la idea cuantitativista de la explotación como apropiación de un excedente. De allí se derivan numerosas proposiciones teóricas como las que se enuncian en numerosos textos de los Grundrisse, conforme a las cuales el proceso de producción cesa de ser un proceso en el cual la unidad dominante es el trabajo; la ciencia se manifiesta en las máquinas y el proceso de producción se convierte por ello en una aplicación tecnológica de la ciencia; el trabajo inmediato y su cantidad dejan de ser el elemento determinante de la producción; la producción de valor se desprende del trabajo inmediato y, en fin, el sobre-trabajo deja de ser el fundamento de la riqueza y de la explotación[2].

En otras palabras, lo que se explica es como toda esa construcción del trabajo social humano materializada en las máquinas es apropiada por el capital, y es fuente de riqueza y razón de ser de la explotación. La ciencia y la tecnología no son realidades sin explicación, ni mucho menos ajenas al trabajo social humano. Aparecen como fuerza productiva inmediata, pero tras ellas está la fuerza productiva del colectivo social humano, apropiada por el capital sin nada a cambio.

Sin embargo, de manera paradójica la reflexión crítica siguió atada al entendimiento de que el régimen de sometimiento salarial explicaba la explotación. A ello contribuyó, sin duda, la transformación de los operarios en obreros profesionales, que a pesar de ser apéndices de las máquinas exigían determinada calificación, conocían el ciclo laboral y su ingreso alimentaba la demanda efectiva correlativa a la producción de masa. Y lo mismo puede decirse con la transformación asociada al taylorismo, al fordismo y al papel del estado keynesiano, que permitió la incorporación al mismo sistema salarial de grandes masas de trabajadores descalificados (el denominado "obrero masa")[3].

De alguna manera, si bien ya era claro que la generación de riqueza no era resultado del trabajo inmediato, como ya lo había visto Marx en la primera fase del maquinismo, los procesos laborales y productivos continuaron asignando un papel central a ese trabajo inmediato bajo el esquema salarial directo (empresa) e indirecto (Estado), y permitieron que se continuara divagando alrededor de la teoría del valor-trabajo con desarrollos que ayudan más a ocultar la realidad que a develarla, como los que se expresan tras las distinciones entre trabajo productivo/trabajo improductivo, trabajo simple/trabajo complejo y trabajo concreto /trabajo socialmente necesario, bajo las cuales se busca a toda costa insistir en la vigencia de la teoría del valor-trabajo. No se ha tenido la audacia de afirmar que la explotación no es un producto de la cuantificación, sino que desde siempre –y más aún en estas fases contemporáneas– "la explotación es por el contrario el signo político de la dominación sobre y contra la valorización humana del mundo histórico-natural, es mando sobre y contra la cooperación social productiva"[4].

El desafío de la redefinición del trabajo y de la producción

Pues bien, en la actualidad nos enfrentamos a la necesidad de descifrar el cambio esencial en la forma hoy predominante del trabajo. Durante mucho tiempo estimamos el trabajo como una actividad productiva de bienes materiales, mientras que hoy el trabajo se despliega en todas las actividades sociales, con independencia del tiempo y el espacio en que se realicen. En otros momentos de la reflexión teórica sobre la organización capitalista, se han analizado los modos de acumulación-explotación a partir de la medida del trabajo, o sea, según el tiempo empleado o gastado en la producción, tal y como lo formulaba la clásica ley del valor trabajo. Pero ahora el panorama se ha revelado diferente: como el trabajo tendencialmente dominante escapa a toda localización e invade todo el tiempo, ya no hay lugar para la falaz apelación a una forma de medición de la explotación; es un trabajo que excede toda medida, pues no está ligado a un determinado tiempo de actividad productiva, sino a todo el tiempo de la vida, en sus distintas formas y momentos.

Lo dicho no quiere significar que haya desaparecido la importancia del trabajo en general, que el trabajo haya perdido su centralidad, sino que ahora lo esencial no es el gasto de fuerza de trabajo humana, sino la "fuerza-invención", el saber vivo que no se puede reducir a las máquinas, y la opinión compartida en común por el mayor número de seres humanos. Ese trabajo se traduce en realidades no tangibles, inmateriales, que son los aspectos determinantes del valor de cambio. Por ello, aun cuando continúa la utilización del trabajo material asalariado o semiindependiente, lo central es la incorporación de una masa de actividad creciente de la población que suministra recursos gratuitos o remunerados casi en forma ilimitada. Lo que se busca es la "inteligencia colectiva", "la creatividad difusa" en el conjunto de la población[5].

Y, sin duda alguna, esas transformaciones contemporáneas del capitalismo han provocado la caducidad de la nítida distinción entre tiempo de trabajo y no trabajo de las fases anteriores, y la producción se ha vuelto biopolítica.

Obviamente, ese cambio producido en la significación del trabajo exige considerar como parte de la realidad contemporánea del capitalismo dos tipos de trabajo igualmente vivientes y existentes: el trabajo que supone un gasto energético-muscular, que sigue siendo sometido por el régimen salarial, y el trabajo que no es propiamente objeto de consumo, que funciona como verdadero capital viviente y que contribuye al proceso productivo en las redes de cooperación sin importar el lugar y el tiempo, bajo formas de sumisión no salarial. Este último es el signo de una nueva forma de explotación que ya no es la misma del capitalismo industrial, que conceptualmente remite en nuestra contemporaneidad a la crítica anticapitalista que en su tiempo significó la obra de Marx. Estamos, por lo tanto, frente al reto de cómo comprender y explicar el surgimiento de una nueva forma de explotación que no es la misma del capitalismo industrial.

Será necesario encarar que, en esta nueva fase del capitalismo, la apropiación del valor no se ejerce ya a través de la explotación directa del trabajo, sino más bien mediante nuevos mecanismos de apropiación que se caracterizan por la extracción del común como constitución de la producción social total, pues como "cada vida se ha vuelto productiva, la extracción del valor se produce sobre la globalidad biopolítica, es decir no sólo en los espacios y tiempos dedicados expresamente al trabajo"[6]. Se trata de interrogar la explotación con categorías diferentes a las empleadas durante las fases procedentes del capitalismo, pues las formas extractivas de hoy son de alguna manera muy diferentes a la relación de explotación propia de la fábrica mediante contrato salarial.

Se impone apreciar como ante la tendencia de decadencia de la forma salarial del trabajo material inmediato, la forma de la dominación o explotación tiene que asumir una forma abiertamente represiva. Todas las reglas que permitían la organización del dominio sobre la gestión de la fuerza laboral en la fábrica, con base en su disciplina interna, han caducado y son precisas otras formas más amplias y directas de control social. Por eso se afirma que a la producción ahora biopolítica corresponde un biopoder, es decir, un poder ostensible sobre todas las formas de vida. En otras palabras, la ausencia del instrumento de medida que representaba bien la teoría del valor, la subsunción real de nuestro tiempo, ha conducido a modalidades cada vez más novedosas de control que alcanzan límites insospechables. De allí surgen nuevas figuras de subjetividad que se encarnan en el hombre endeudado, es decir, sometido a los patrones propios del sistema financiero; en el hombre mediatizado por las redes de información y comunicación; en el hombre "seguritizado", prisionero del miedo y de las ansias de protección, que reclama y acepta el régimen de seguridad y el estado de excepción, y en el hombre representado forjado por la deformación democrática. Todo ello implica un gran reto que no lo podemos resolver con la apelación a cualquiera de los marxismos, sino esforzándonos en recuperar la obra de Marx como acontecimiento anticapitalista[7].

[1] Carlos Marx. Fondements de la Critique de l'Economie Politique (Grundrisse). T. II. P. 212. Traducción del autor de este escrito.

[2] Carlos Marx, ibídem T. II, pp. 212, 213, 214, 221, 222 y 223.

[3] Ver sobre el particular Toni Negri (1980). Del obrero-masa al obrero social. Barcelona: Editorial Anagrama, y Ocho tesis para una teoría del poder constituyente. Revista de Crítica y Debate "Contrarios", Madrid, abril 1989.

[4] Toni Negri. Ocho tesis para una teoría del poder constituyente. Op. cit.

[5] Ver Yann Moulier Boutang (2007). Le capitalisme cognitif. La Nouvelle Grande Transformation. Paris: Editions Amsterdam.

[6] Toni Negri. Lo común como modo de producción. Revista Trasversales, (38), agosto 2016. Web, pp. 6 y 7.

[7] Michael Hardt y Antonio Negri (2012). Declaración. Madrid: Ed. Akal. Mayores desarrollos a este respecto en nuestro reciente ensayo Éxodo. Ediciones Aurora. Bogotá, 2018.

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