Ricardo Alexander Celeita Mora

Ricardo Alexander Celeita Mora

Abogado egresado de la Universidad Nacional de Colombia; Especialista en Derecho Constitucional de la misma Universidad. Filósofo en proyecto de grado y estudiante de Maestría en Filosofía del Derecho, de la Universidad Libre de Colombia. Fui parte del equipo técnico de la Asociación Campesina del Catatumbo ASCAMCAT en la formulación del PDS de la ZRC del Catatumbo e investigador de ILSA en el proyecto de sustracción de la ZRF de la Serranía de Los Motilones. Actualmente hago parte del equipo jurídico de la Fundación por la Defensa de los DDHH y el DIH del Oriente y Centro de Colombia DHOC.

URL del sitio web: http://twitter.com/AleksRichard
La gente de bien se diferencia de la gente del común en que no tiene que trabajar, trabajar y trabajar. Nace rica, no hace nada, despilfarra y muere rica, dejando herencia a sus hijos. También tiene acceso al poder y se lucra de él. La otra es la gente del común, la corriente, la que lleva del bulto en cada reforma tributaria, a la que le toca madrugar cada día para ir a trabajar y cuyos ingresos son cada vez más precarios. Al mismo tiempo sufre bajo el poder de la gente de bien.

La sentencia de muerte proferida en contra del comunero José Antonio Galán el 30 de enero de 1782 por cuenta del Virreinato del imperio Español, impuso contra el insurgente, además de la tortura, el ahorcamiento, el suplicio y el desmembramiento de su cuerpo, el escarnio público en contra de sus seguidores. Se trataba no sólo de “castigar” al rebelde, sino de atemorizar y acallar a quienes le querían y admiraban, hasta el punto que su memoria pretendió ser borrada de la historia. El odio desmedido de los poderosos de entonces se articuló bajo las siguientes palabras: “…declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes y aplicados al fisco; asolada su casa y sembrada de sal, para que de esa manera se dé olvido a su infame nombre y acabe con tan vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que la del odio y espanto que inspiran la fealdad y el delito”1

No bastaba con asesinarlo, sino que, pretendían borrar de la memoria de las gentes la imagen y el ejemplo rebelde del comunero; la intención del poder era que jamás su nombre volviese a pronunciarse y jamás sus acciones fueran emprendidas por otros. Como es evidente, detrás del odio no podía esconderse cosa diferente al miedo que cunde entre los opresores, cuando héroes como Galán se atreven a romper las cadenas. La ira de quienes se creen dioses es tal, en estos casos, que al igual que con Prometeo,2 no les basta acabar la humanidad física del hombre, sino que buscan sepultar para siempre su recuerdo evitando la propagación de la rebeldía que les amenaza en su comodidad.

Resulta increíble que los muertos causen tanto miedo a los amos del poder; quienes ciegos como Creonte ante el cadáver de Polinices,3 buscan a toda costa evitar que incluso, sus seres queridos les rindan homenajes y recuerden su memoria. Al contrario, los rituales de memoria, aquellos en los que se construye un duelo, son, a la luz de los ojos de los dioses, el mecanismo de expiación del dolor que permite al fallecido proseguir su camino a la eternidad. El no hacerlo trae nefastas consecuencias, tal cual Antígona era consciente. Impedir que los vivos lloren y rememoren a sus muertos lleva consigo la desgracia a la polis;4 ante lo cual nada valen las leyes humanas, al ser un asunto del alma.

Eso lo entendió muy bien Aquiles, Rey de los Mirmidones de Tesalia en la guerra contra Troya, quien aunque mataba por su propia gloria y en cumplimiento de su destino, ante el clamor de Priamo, permitió que éste recuperara el cadáver de su hijo Héctor, el más virtuoso de los príncipes troyanos, para rendirle culto y procurar su descanso.5 Aun en medio de la guerra y entre feroces enemigos, brotó el reconocimiento de lo humano y la diferencia fundamental con la bestia que desgarra cuerpos y los deja tendidos al sol sin importarle nada.

Así, pese a que en la historia hay cientos de ejemplos, pareciese que no son vigentes para el caso de Colombia, en donde se sigue buscando lacerar la memoria, señalando y denigrando de quienes le hacen homenajes a los muertos caídos en la confrontación del conflicto. Y es que personajes como Alfonso Cano, causan demasiado pavor entre las élites; porque no bastó con su muerte para borrarle de la memoria de las gentes humildes. Así como con Galán, pretendieron silenciar, perseguir y aniquilar a quienes le siguen en su ejemplo, pero al igual que Creonte, están destinados a perecer en el remolino de la historia y ante la estatura del gigante que se eleva a héroe.

Alfonso Cano, el arquitecto de la paz, fue un hombre que las generaciones venideras recordarán para siempre, por haber construido una propuesta no sólo para la insurgencia y los oprimidos, sino también para los mismos opresores, quienes hoy como clase política tienen en su agenda, quiéranlo o no, les guste o no, una realidad: el tránsito de la guerra a la paz, del olvido a la memoria, del fin de los cien años de soledad y el comienzo de los cien años de esperanza del pueblo.

Por ello, Alfonso Cano, al igual que José Antonio Galán, Ernesto Guevara, Camilo Torres Restrepo, Policarpa Salavarrieta, y tantos hombres y mujeres del pueblo, a quienes los verdugos quisieron borrar ocultando sus cuerpos o condenarlos al olvido, son de aquellos que nunca mueren; de aquellos privilegiados que han alcanzado el Olimpo con su muerte, son prometeos de la nueva historia, que en su profundo amor por la humanidad lograron elevarse sobre su espíritu y su propia existencia hasta convertirse en héroes eternos en las memorias de los pueblos y las gentes del común, hasta el final de los tiempos.

    Referencias:

  1. Tomado de: https://www.desdeabajo.info/ediciones/5399-memorias-que-duelen-jos%C3%A9-antonio-gal%C3%A1n.html

  2. Esquilo. “Prometeo Encadenado”. Cualquier Edición.

  3. Sófocles. “Antígona”. Cualquier Edición.

  4. Por Polis se entiende un concepto más amplio que la idea de Ciudad – Estado ó Estado Moderno, pudiendo entenderse como comunidad política.

  5. La Ilíada. Homero. Cualquier Edición.